Solera

Dos viejos amigos. Ambos 65. Uno usa bastón por necesidad, otro por porte. Pareciera que mil gallos pisaron sus rostros –o algo así, diría Elena–, dejando huellas de tiempo. Entre recuerdos, beben alma de uva y fuman carrufo en una pipa de caoba con injertos de plata. Su físico añejo delata la edad pero su esencia es traviesa, fresca y tierna. Llevan traje. Uno es oscuro y café, sin corbata y con pañuelo. Una licorera oculta, reloj de bolsillo y sombrero sobre su deforestada cabeza. Abunda barba blanca de su rostro, llena de astucia, de hombría. El otro usa saco negro y corbata tinta. Reloj de oro blanco, cabello corto, ojos perdidos y una cigarrera dorada llena de marihuana. Canas color plata, como las perlas que reflejan la luna. ¿Hijos? Nunca. Uno se casó por miedo a estar solo y se separó por terror a estar con alguien. Otro, sólo aventuras.

Festejan la vida como cada año, como cada minuto. Discuten, beben, fuman, ríen, beben, fuman, se insultan a gritos. ¿Qué respeto debería de existir en la amistad?

Las botellas se consumen junto con la noche y la cigarrera se vacía. La pipa ya no carga más que cenizas: cenizas que vuelan con el viento frío de diciembre buscando desleírse por siempre en el aire; en un viaje eterno en el que nunca serán ni más ni menos que extinción. La casa huele a colonia de edad: a años. En el rincón más hondo y vehemente de la noche, sus cabezas se vuelven mecedoras y sus párpados columpios. Se van. Sueñan que no son viejos. Sueñan que no duermen. Uno de ellos, jamás volverá a despertar. El otro, jamás volverá a soñar.

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Óscar Ruíz: ¡te voy a partir tu madre!

Traumatismo craneoencefálico, dijo el doctor Gómez. Quería decir que las náuseas y las continuas disociaciones de Óscar se debían, seguramente, a que se había golpeado la cabeza. La señora Ruíz, madre del magullado y de la que nunca supe su nombre, ya sabía que Óscar se había golpeado la cabeza, pero todo lo que le decía el doctor Gómez le parecía novedad. El lenguaje médico puede confundir mucho a los mortales y a las amas de casa, como seguramente lo era la señora Ruíz. La delataban sus manos calludas por tanto lavar trastes y bailar con la escoba. ¿Y ahora qué, Gómez?, preguntó la señora Ruíz con la aflicción y desesperación que sólo un perro tiene al escuchar una motocicleta. ¿Y ahora qué, Gómez? El médico, de frente a las radiografías, volteó a ver a la señora Ruíz al escote: ahora nada, Ruíz. Y ahora nada.

Conocí a Óscar en la preparatoria. No teníamos nada en común, salvo los excesos y, hasta en eso, éramos diferentes. Él consumía cocaína con la euforia de un simio excitado y yo fumaba marihuana para leer. Él pedía prostitutas a granel cuando su casa estaba sola y yo… bueno, yo fumaba marihuana. Para empezar, él tenía el dinero para ser un demente y yo sólo tenía el dinero para ser medio atolondrado. Éramos amigos por una mera ilusión de equilibrio que se evidenciaba inútil cada quince minutos, que era el tiempo máximo que podíamos mantener una conversación. Teníamos dos temas principales: mis libros y sus pleitos. Fíjate Óscar que leí una novelita sobre un grupo de drogadictos que igual te interesa, y ya está, fin de la plática. Le partí su madre a un pinche flaco que hasta tú chingabas. Y ya está. Fin.

Fue a través de estas historias que lo conocí. En quince minutos podías saber cómo era Óscar. Un día, por ejemplo, iba Óscar en su carro muy rápido con una prostituta. Les pagaba para que lo tocaran mientras manejaba. En algún punto del periférico un camión sin prisa avanzaba sobre el carril izquierdo: «el carril rápido», decía Óscar. Lo rebasé, me le puse enfrente y me bajé a partirle su madre al cabrón, me contó mientras se embarraba cocaína en las encías. Rompió un cristal de la puerta con un tubo, se metió por la ranura y golpeó al cabrón en el abdomen. Pinche nahual, hasta tú te lo cogías, me dijo. “Hasta tú te lo cogías”. Nunca entendí el uso que Óscar le daba a la palabra coger. Se cogía prostitutas, se cogía líneas de coca, se cogía a sus amigos cuando jugaban vencidas y se cogía a los camioneros con un tubo.

Una vez se cogió a su papá con una mentira. Le dijo que se iba a acampar dos días al bosque de Tapalpa y, para ir, su papá le dio cuatro mil pesos. Se dio un «encerrón». En otras palabras, dos días de drogas nuevas. Óscar se mete hasta el dedo, me decía un amigo en común. Lo detuve: Óscar se coge hasta el dedo. Rubén decía oprobios de Óscar en cualquier oportunidad. Los drogadictos siempre quieren ser los más drogadictos. Se dedican a coleccionar y exhibir los efectos secundarios a los que se han expuesto. Luego los efectos terciarios: la cruda del opio en comparación con la cruda del ácido. Las tachas no dan cruda, decía Rubén y Óscar enfurecido: te voy a partir tu madre por mentiroso, cabrón. Y le partió su madre. A Rubén no le dio con el tubo, pero alcancé a ver que agarraba con fuerza un encendedor, «para darle peso». Rubén dijo que Óscar lo había agarrado de espaldas pero la verdad es que nadie podía ni rozar sus puños con alguna facción de Óscar. Todos lo sabían.

Era tan sabida la habilidad violenta de Óscar que de ello producía ganancias. Una vez, en medio de la semana de exámenes finales, Óscar faltó cuatro días. Cuando regresó me platicó su experiencia: «me fui a España, de ida y vuelta». Un grupo de narcotraficantes tenía un nuevo modelo para exportar cocaína desde América hasta Europa, pero para ello se necesitaban recursos humanos. «Agarran maricones, los ponen pedos y les inyectan perico en el estómago. Luego los invitan de vacaciones a España y allá les sacan la droga». Me explicó que a él lo mandaban en el mismo avión revisando que todo fuera en orden. «Para avisar en caso de puercos». Cocaína en condición de gel vía paquetería humana. Qué hijos de su puta madre, pensé, pero al mismo tiempo me pareció ingenioso. “Qué hijos de su puta madre tan ingeniosos”. Óscar estaba setenta y cinco mil pesos arriba que hacía cuatro días. ¿Y ahora qué, Óscar? Ahora me voy a Tapalpa, me dijo.

Lo bueno de ser amigo de Óscar era que algunos pensaban que yo era igual de violento. Una vez un conocido al que Óscar había golpeado por toserle sin querer en el hombro me prestó quinientos pesos sin pensarlo. Le dije de broma, Carlos préstame mil pesos y él, mansito, sólo tengo quinientos. Le platiqué a Óscar y rápido me dijo, ¡¿quinientos?! ¡Hay que partirle su madre! No pude evitar sentirme seducido por la idea; a todo lo que pasaba le quería partir su madre. Por ello y su bajo desempeño académico fue que terminó sin título de preparatoria. Llevaba ya tres días intensos de estar drogado con cocaína en la escuela y, cuando por fin se decidió a comer algo, le dieron comida fría. Escuchamos furia y un cristal roto. Óscar rompió el mostrador de la cafetería aventando una silla y estaba rojo del coraje. ¡Te voy a partir tu madre, cocinero de mierda! Y dos coordinadores intentaban sostenerlo: Óscar, cálmate, por favor. Ni bien pasaron diez segundos y ya estaban los dos coordinadores golpeados en el piso, el cocinero había huido y Óscar vivía sus últimos minutos en la preparatoria. A ver si con Óscar fuera, el pendejo de Carlos no me quiere cobrar sus quinientos pesos, pensé. Pero nunca lo hizo.

Cuatro años después de haber terminado la preparatoria, Óscar se había convertido en mi distribuidor –mi dealer– de marihuana. ¿Cómo la quieres, mi cabrón?, me preguntaba. Para leer, Óscar, luego me acelero. Siempre la mejor.

Un domingo por la mañana Óscar no contestaba el celular. “Algo se ha de estar cogiendo”, pensé. Estaba como a quince minutos de su casa, así que decidí ir a investigar. Cuando llegué a su casa, ni bien había tocado el timbre, la señora Ruíz abrió la puerta sollozando. Me explicó con muchas dificultades por la voz quebrada que Óscar había tenido un accidente y estaba privado de conciencia en el baño. No se preocupe, ahorita llamamos una ambulancia, señora Ruíz. Pasé a la casa y cargué a Óscar hasta acostarlo en la sala. Cinco minutos después despertó, aún con sangre en la cabeza. Tartamudeaba palabras que sólo él conocía y su mirada estaba muy separada de lo que veía. Era alguien más. ¿Óscar, estás bien?, a lo que él contestó vomitando el tapete beige de su sala. Señora Ruíz, vamos al hospital ya, yo los llevo. En el camino, la señora Ruíz me platicó que había sido algo muy sencillo: Óscar se resbaló en el baño.

Llegamos y nos atendieron rápido. Traumatología. Doctor Elder Gómez, decía con letras doradas en el centro de la puerta que me encerró durante doce horas. Doce horas pasaron para, por fin, conocer el veredicto del médico: el doctor Gómez. Yo siempre creí que algún día estaría ahí, llevando a Óscar al hospital, pero en circunstancias diferentes. Una sobredosis, por ejemplo. Su hijo sufre de traumatismo craneoencefálico, dijo el doctor Gómez. ¿Y ahora qué, Gómez?, preguntó la señora Ruíz. ¿Y ahora qué, señora? Ahora nada, Ruíz.

Y ahora nada.

Claudia: nunca más una mujer así

Había amanecido para mí a eso de las once de la mañana y yo ya estaba muy caliente. Pensé en contratar una prostituta pero luego recordé que no tenía dinero ni condones y mejor me masturbé antes de meterme a bañar. Había encontrado la manera de conectar mi computadora a la televisión –una Sony muy fina de veintinueve pulgadas–, así que estaba disfrutando mi pornografía como nunca. Salí de bañarme y recordé que es muy cómodo dormir desnudo, así que me acosté y me quedé sin hacer nada, ni soñar, hasta como las dos de la tarde.

Desperté y ya no estaba tan ansioso, pero todavía me apetecía una hembra. Como seguía sin dinero, fui al refrigerador por las cervezas de emergencia para pensar en mi futuro. De camino de regreso a mi cuarto vi una notita muy femenina, escrita en un post-it con forma de corazón y pegada a un billete de quinientos pesos y a otro de cien, que tomé rápidamente. Decía algo, pero yo no lo leí hasta un rato después.

Uno se la puede pasar muy bien en esta ciudad si piensa con la cabeza y no con el pene. Yo, por ejemplo, que no soy muy inteligente con las mujeres –o sea, cortejándolas hasta la cama– pienso más bien con el instinto. Pero siempre falla.

Decidí invitar a cenar a Claudia –quisiera aquí hacer la recomendación a todos los hombres y lesbianas de no invitar a cenar a su presa si sólo quieren sexo; funcionan mejor el tequila y las palabras directas o poéticas–; pasé por ella a eso de las nueve de la noche y me tuvo esperando afuera de su casa como veinte minutos que aproveché para fumar un porro. Salió, por fin, luciendo un vestido no tan elegante pero sí muy entallado color blanco que le daba unos perfectos claroscuros a sus nalgas y encendí el carro pisando el acelerador hasta el fondo para hacer rugir a “la bestia”. Luego se me ocurrió que hubiera sido buena idea bajarme a abrirle la puerta y verla de espaldas pero ya era demasiado tarde.

–Ay, ¿a qué huele? –, me dijo en una voz muy lenta y cantada.

–A marihuana, Claudia –, lo cual me contestó con unas risas muy burlonas e incrédulas, como festejando mi broma, aunque yo lo decía en serio.

En el camino Claudia me contaba unas historias que ya no recuerdo sobre algún familiar suyo que había fallecido o dejado la bebida, que es igual de trágico, pero yo mantuve silencio. Llegamos y vi un letrero que decía “Valet Parking $40”; pensé que sería más barato hacer caminar a Claudia, así que me estacioné en el único lugar donde encontré cabida, como a cinco cuadras del lugar y no di ninguna explicación. Elegí un restaurante de comida italiana porque a mí me parecía fino pedir pasta con vino y porque el dueño era un viejo amigo que no me debía dinero, pero sí unos favores. Nos sentamos en una mesa para cuatro personas y comenzó a sonar una música de jazz muy suave que me impidió poner atención a las palabras de Claudia durante toda la cena. Ya con los platos a medio comer hubo una pequeñísima pausa en la música del lugar que aproveché para dirigirme a Claudia:

–Ya estoy lleno, vamos a un motel.

–¿Qué dijiste? –, me contestó ella otra vez con muchísima incredulidad, a pesar de que sí me había escuchado.

–Que vayamos a un motel, ya me llené y me quiero acostar contigo.

–¡Eres un cabrón! –, me gritó muy enojada y rápido se paró, tomó la servilleta, se limpió unos pedacitos de albahaca de la boca y se fue caminando muy simpática, como en las películas.

Para mi suerte en ese momento entró Sergio, el dueño del restaurante, así que me paré para saludarlo:

–¡Sergio, qué tal! –, como se me quedó viendo con una cara de inseguridad continué– Soy Héctor, amigo de Isabel, ¿recuerdas?

–No, lo siento, pero qué gusto tenerte por aquí; ¡buen provecho!

–Hijo de la chingada, pues no te pago nada –, le dije muy indignado y me salí del restaurante sin pagar un peso y al ritmo de la música que había regresado.

Cuando salí estaba cayendo una gran tormenta pero, como no podía volver, caminé las cinco cuadras hacia mi carro y empapé mi asiento. Pasé a echar gasolina antes de llegar a mi casa y caí en cuenta de que había dejado mi cartera, con los seiscientos pesos que traía, en la mesa del restaurante. Tuve que dejar mi celular a cuenta de los diez litros de gasolina que ya me habían echado y al llegar a casa leí por fin la notita que me habían dejado en la mañana junto con el dinero: “Paga el cable, cabrón”, decía y de pronto me sentí endeudado. No había luz en la casa por culpa de la tormenta, así que fumé y me quedé tirado en la cama. Pensé en lo mucho que estaba desperdiciando mis noches con mujeres como Claudia y me quedé dormido escuchando jazz a la luz de dos velas. Nunca más una mujer así.

muera el amor

al bajar la taza puedo ver tus labios carmesí pintados en la blanca cerámica y siento tus dedos delgados y cremosos en la comisura mi boca húmeda
odio cómo me haces
odio el verano porque me recuerda lo cálidos que eran tus muslos

la primavera porque tiene el aroma de los lunares que tejen tu cuello
te deseo hasta la muerte porque no sé amarte

que mueras de la muerte más tierna
que mueras tibia y libre
que mueras de orgasmo aunque yo no pueda y de voz aunque yo no escuche

que si te deseo es para hacerte daño

no dejaría mi libertad para amarte y luego sepultar las estrellas que te he bajado.
no dejaría nada por el amor que te tengo, excepto a ti

te dejaría bajo la luna en el mar
te dejaría en dos besos obsenos
te dejaría aunque de mí no quedara nada

Mario, el del baño

Estaba yo tomando un trago en una fiesta muy fina, de ésas sin gente morena o con mal olor. Yo la verdad ni había sido invitado, pero un amigo estaba trabajando como intendente en tal hacienda, así que me invitó.

–Cabrón, yo invito –, me dijo y yo ya sabía que el cabrón era él, porque me iba hacer recogerlo hasta la chingada; allá donde vivía.

Como Mario se tenía que quedar en los sanitarios dándole papel de baño a cualquier hijo de vecino que estuviera indigestado, yo me estuve solo casi toda la noche tomando tequila. Quisiera aquí hacer la aclaración, y es que yo quería tomar cerveza, pero al parecer esa misteriosa bebida era un enigma para los meseros y, más aún, para los invitados de verdad. “Total, Mario invita”, pensé.

Comencé a socializar, pues soy una persona interesantísima, pero cometí muchos errores: primero dije dedicarme a las letras –una manera que a mí me parecía elegante de decir ‘escritor’–, sólo porque estaba cansado de explicar que me dedicaba a la gestión cultural y que sí, en efecto era una licenciatura de verdad. Pues para mi mala suerte, la guapa mujer a la que quería impresionar con palabras como ‘volátil’ y ‘efímero’, era editora de una importante revista. Se pasó como media hora intentando explicarme que ‘bien mal’ era correcto, pues ‘bien’ se utiliza para anteponerse a un adverbio y denotar un grado superlativo y no como adjetivo calificativo. Yo todavía no lo entiendo pero me aprendí de memoria sus palabras. Le dije con un lenguaje muy complejo que iba a ir por otro trago y me fui a platicar con alguien más.

Mi segundo error fue elegir al tipo más desaliñado y ridículo del elegante festín; tenía un traje negro lleno de pompas blancas y una corbata azul que brillaría mucho con una luz negra. Como yo pensé que se trataba de otro colado, me acerqué.

–Buen outfit –, le dije y me quedé viendo al horizonte con mucha plenitud.

–¡Merci mon ami! –, contestó en un idioma que yo no hablo y me comenzó a hacer muchas preguntas muy personales y de mal gusto.

Después de un buen rato de contestar ‘oui’, con mucha seguridad y un excelente acento, a todo lo que decía el tipo raro, me percaté de que él no hablaba español y que lo único que había entendido de mi acercamiento había sido ‘outfit’, así que comencé a insultarlo.

–Puto maricón, te odio –, y él seguía hablando –te gusta por atrás, pinche desviado –y seguía.

Después de un rato de mentarle la madre y saciar mi instinto ofensivo, me fui sin decirle nada. Como habíamos estado al lado de una de las barras durante toda la fortificante charla, terminé muy borracho. Fui al baño, donde me encontré a Mario recibiendo una propina de tres pesos, pero lo ignoré y fui a lo mío. Al salir me dijo que ya casi terminaba su turno y que entonces podríamos irnos, así que saqué cincuenta centavos, se los aventé y regresé a la fiesta sin lavarme las manos.

Como ya estaba muy borracho, comencé a darme cuenta de lo bellas que eran las mujeres en ese lugar y de lo bien que se veían en vestido de noche. Y ése fue mi tercer error: me acerqué a una hermosa mujer de cabello rubio y espalda escotada que fumaba muy sensual al lado de una fuente de muy mal gusto. Le pedí un cigarro explicando que sólo era fumador social y sacó de su bolsa una cajetilla muy costosa, rellena de unos cigarros color café y con un olor muy fuerte. “¡Mis predilectos!”, le dije y saqué unos cerillos. A penas di la primer fumada y mi rostro se puso como color infierno; comencé a toser como desquiciado, pues al parecer la rubia cubana fumaba tabaco de su tierra y es para hombres de verdad. Tosí tanto y fue tal mi asco, que me vi orillado a vomitar la fuente de muy mal gusto en donde estaba sentada la bella mujer.

Al ver tal escándalo, unos gordos elementos de seguridad me sacaron cargando de la hacienda y, mientras me preguntaban quién había invitado a un sujeto de tal calaña como la mía, yo gritaba, “¡Mario, el del baño!”. Fue muy grato ver que Mario había sido expulsado de su trabajo minutos después, pues me comenzaba a preocupar tener que esperarlo mucho más en el frío.

De camino a su casa, Mario me contó que no pudo agarrar sus propinas, pues fueron muy agresivos con él y que nunca más me iba a invitar a una fiesta tan fina. Le dije que me pasara un pañuelo de la guantera, pues necesitaba sonarme; lo tomó y me lo pasó, así que saque cincuenta centavos, se los aventé y nos fuimos a una fiesta con gente de nuestra calaña.

Lupita

Todavía me acuerdo de Lupe. Yo siempre le quería decir ‘Lupita’, de cariño y porque se me hacía más de chacha, pero a ella no le gustaba, por lo mismo que a mí sí. Me acuerdo que barría escuchando cumbias de unos audífonos rosas con verde que reproducían el único casete que tenía, o bueno, que yo le conocía. Nada más había un silencio entre pieza y pieza y me decía, “mijo, si le traigo a mi hija, cásese con ella”, pero yo estaba más enamorado de Lupita que de su chingada hija o, en todo caso, enamorado de la chingada madre de la hija de Lupita. Era más bien un amor fugaz y efímero, por hablar poético del amor, pero lo que pasaba es que nomás se iba de la casa y ni de su nombre me acordaba hasta el otro día, cuando llegaba. La verdad no tenía nada especial, ni por bella, ni por ilustrada, ni por puta, ni por nada; era como cualquier morena delgada con bonita pierna. Eso sí, tenía unos ojos que te podían ver hasta el alma y, a mí, eso me daba miedo, pero también me enamoraba.

Un día estábamos los dos trabajando en mi cuarto, o sea, yo escribiendo y ella limpiando. En una de ésas, me quedé como ido, según yo pensando algo muy profundo, aunque la verdad nomás estaba viendo la cintura de Lupita, y le dije, “Lupe, hay que hacer el amor”, a lo que ella contestó con una carcajada, un chingadazo y luego se fue. Era bien bipolar; aquí diré que no me gusta generalizar bajo ninguna circunstancia, pero era bipolar así como todas las mujeres, por lo menos, las que me ha tocado conocer a mí. Primero me hizo enojar el enfurecido golpe que Lupita soltó con la cara bien roja contra mi brazo, pero luego se fue y se me olvidó su cara y hasta su cintura. Luego pensé en masturbarme pero me quedé dormido sentado en una posición muy incómoda.

Por la mañana Lupita tocó mi ventana y yo ya estaba acostado en mi cama. “Pásale, mi amor”, le grité y ella pasó; siempre dejo la puerta abierta, por si hay alguien que quiera robar mi casa por la noche. Lupita me pidió disculpas por el golpe, o al menos yo así interpreté su silencio, y seguimos siendo amigos. Después de un buen rato de pedir disculpas, Lupita se me acercó y yo pensé que me iba a besar, pero me dijo, “mijo, cásese con mi hija, se parece a mí”, y yo me quedé como pensativo otra vez, viendo su escote.

–Lupe, acércate, te voy a decir un secreto –y Lupita se acercó–, Lupe… –y Lupita se acercaba más–, Lupe, hay que hacer el amor.

Como ya se estaba haciendo costumbre, se paró, me dio un chingadazo y se fue. Me dio gusto que Lupita estuviera superando su bipolaridad y que ya no hubiera reído a carcajadas antes de golpearme. Ya en soledad recordé que tenía trabajo por hacer, así que fumé hachís y me quedé dormido.

Pasaron como tres semanas de yo deseando a Lupita, Lupita golpeándome y Lupita pidiendo disculpas cada mañana. Me comencé a enfadar de tener moretones y perdonarla, así que la afronté un día.

–A ver, Lupe, ¿por qué no quieres hacer el amor conmigo?

–Mijo, es que usted se va a casar con mi hija.

–Lupe, de tu chingada hija luego hablamos, hay que hacer el amor.

Lupita se paró y se fue, ahora sin golpearme. Me dio gusto que no me golpeara, así que compré un par de cervezas y festejé fumando opio, pero luego me quedé dormido, muy cómodo, en el sillón de la sala.

Desperté al día siguiente y ya pasaban de las once de la mañana. Caminé un rato por mi casa para hacer circular la sangre de mi cuerpo y me di cuenta de que algo raro pasaba y es que faltaba Lupita, pero yo en ese entonces todavía no podía acordarme de ella sin verla frente a mí. Y así, sin saber nada de Lupita, estuve cinco meses.

Un día, a eso de las cuatro de la tarde, timbró una muchachita de muy buen ver en mi casa. Me gustaron mucho su cintura y sus piernas, así que le dije que pasara.

–Me llamo Inés, soy hija de la señora Guadalupe –yo estaba con el cerebro algo entumido por el hachís, así que no entendí muy bien–, ella me dijo que usted me ayudaría.

–Y bien, Guadalupe, ¿en qué puedo ayudarte?

–Inés; me llamo Inés. Verá, la señora Guadalupe, mi madre, falleció y no tenemos dinero para el entierro. Me dijo que usted me ayudaría, a cambio de limpiarle la casa.

–Ah, sí, Guadalupe, limpia la casa. Te voy a dar ciento setenta pesos cada que la limpies, pero nomás ven tres veces a la semana, los días que tú quieras, pero que estén salteados.

–Gracias, señor. Me llamo Inés.

–Sí, Inés, me da mucha pena lo de Lupita –ya tenía unos minutos de haber atado cabos pero no tenía ganas de mostrarlo–, me habló mucho de ti y de nuestra boda. Me dijo que tú y yo nos vamos a casar.

–Gracias, señor, pero estoy comprometida.

–Ya lo sé, Inés. Conmigo. Dejaré todo listo para casarnos mañana.

Después de una larga charla con Inés, la hija de Lupita, le di un adelanto de tres meses de trabajo para que enterrara a su madre. No fui ni invitado al entierro y a la tal Inés nunca la volví a ver. Semanas más tarde, otra muchachita muy bonita timbró en mi casa diciendo que se llamaba Inés y que su madre Guadalupe había fallecido. Le di dinero, se fue y tampoco me invitaron a ese entierro.

Cuando me di cuenta que había gastado más de diez mil pesos en enterrar a Lupita, me enojé. Y ahí fue que comencé a recordarla…

La chingada madre de la hija de Lupita. Y nunca le hice el amor.

sin título y sin ti

y ya se va el día…
otro más sin ti
sin más recuerdos
sin más ayeres
y con más sin tis

y sin más mañanas
con más yos y menos tús
sin adiós ni de qué va ni amor cómo te va
con más conmigo y menos contigo

más palabras y menos oídos
más de mí sin ti
y al final más tuyo que mío
y tú más suya que de ti

y no acaba ya
el mañana se convirtió en ayer
y nunca pude alcanzarlo
ni contigo, ni sin ti